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| Sin título (A.P.) |
Judea, 24 de diciembre
Un retrato de Navidad y Hanukkah.
Una estrella fugaz alimenta, con su brillo eterno, el milagro de la Buena Nueva.
Bajo la luz de la revelación hay un templo de plástico que conmemora el amor aunque sus paredes están engalanadas con concertinas.
Un hombre, carpintero, yace en el suelo, a su lado una madre con lágrimas en el rostro eleva al cielo a su recién nacido envuelto en un sudario blanco y sucio de escombros para anunciar sin salvación al nuevo Rey de los judíos.
Un buey y una mula observan a los impávidos pastores de hambre.
Todos esperan con ilusión la magia de oriente pero, si llega, ya será demasiado tarde. Quizá a alguien se le ocurrió llamar terroristas a tres jinetes que intentaron pasar por allí.
Mientras, ingenuos, al otro lado de un alambre, unos niños bien vestidos se juegan con una pirindola unas pocas monedas de chocolate envueltas en papel de oro.
Con el cielo por tejado y un fondo ensangrentado esta imagen ha dejado de ser noticia aunque hoy vuelve a recrearse en todo el mundo el más famoso de los pesebres.

Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarMuy triste, quedo con la esperanza, que sea cuanto antes, de leer tu microcuento cuando acabe el genocidio
ResponderEliminarSí, cómo se puede vivir de espaldas a tanto sufrimiento. Nosotros no podemos resolverlo pero sí mantener vivo el espíritu contra el sufrimiento y la barbarie. Ojalá que acabe pronto
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